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Dejemos de masacrar nuestro planeta

Por Clara Salina

Tal vez recuerden que en el último número de la revista habíamos quedado en que analizaríamos algunos puntos del reporte 2021 del IPCC (Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático de 195 países miembros, creado por el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente y la Organización Meteorológica Mundial en 1988). En esas semanas, Europa estaba golpeada por inundaciones e incendios, exactamente como desde hace años anunciaban algunas previsiones científicas. 

Lo sé, es tal vez arduo de leer, pero enterrar la cabeza en la arena no sirve para detener los huracanes. Entonces armémonos de coraje, pues si en los años pasados el mismo reporte pudo haber sido un poco más tibio, pareciera que ha llegado el momento para decir, rotunda e indudablemente, que es la humanidad la que causa fundamental del cambio climático. «Estamos en Código Rojo», dice António Guterres, secretario general de las Naciones Unidas. En su declaración también se lee: 

Existe un claro imperativo moral y económico para proteger las vidas y los medios de subsistencia de quienes están en la primera línea de la crisis climática. […] La crisis climática plantea un enorme riesgo financiero para los gestores de inversiones, los propietarios de activos y las empresas. Estos riesgos deben medirse, divulgarse y mitigarse. […] Los sectores público y privado deben trabajar juntos para garantizar una transformación justa y rápida hacia una economía mundial a cero impacto.

Gran parte de eso es debido a que los humanos queman carbón, petróleo, madera y gas natural, los llamados combustibles fósiles. A partir del siglo XIX, hemos alcanzado las temperaturas más altas en 100 000 años y si causas naturales pueden haber contribuido, representan solo una fracción de aquello. 

Lamentablemente los cambios que se han dado hasta la fecha son ya irreversibles por los próximos siglos o incluso milenios, por ejemplo, el aumento del nivel de los mares que provoca el derretimiento de glaciares que no podrán volver a formarse. Aunque logremos detener la contaminación, no se podrán eliminar de inmediato los gases de efecto invernadero que ya están en la atmósfera. Los más de 20 autores que han analizado los diferentes escenarios posibles han concluido que es hasta posible que la previsión del aumento de 1.5 grados para el 2100 pueda adelantarse al 2030. 

El panorama es, por cierto, desalentador; sin embargo, es además cierto que no podemos dejar, por lo menos, de intentar hacer algo al respecto.

Una pequeña nota positiva se encuentra en el hecho que el IPCC, cuya tarea es la de «proporcionar a los responsables de la formulación de políticas evaluaciones científicas periódicas sobre el cambio climático, sus implicaciones y los posibles riesgos futuros, así como presentar opciones de adaptación y mitigación», llegó a la conclusión que los puntos de inflexión, o sea, eventos catastróficos, como el colapso de la capa de hielo, aun si no son totalmente descartables, son de «baja probabilidad».

La tarea puede hasta parecer muy simple: se trata de atrapar y eliminar los gases GEI creando un sistema de emisiones negativas. Por ejemplo, a través de la plantación masiva de árboles o de cambios de paradigmas agrícolas con el objetivo de evitar, cuanto sea posible, que los suelos queden sin cobertura vegetal.

Por último, se trata de reponer la capa verde de la tierra para que el natural proceso de fotosíntesis absorba la mayor cantidad de dióxido de carbono posible y lo almacene en el suelo obteniéndose así el doble resultado de limpiar el aire y mejorar el suelo mismo. Eliminando de la atmósfera más dióxido de carbono del que se emite, el planeta debería volver a enfriarse. 

En verdad, muchos científicos son escépticos al respecto, sin embargo, al parecer es claro que no queda otra alternativa que intentarlo.


Lo que el viento se llevó

El huracán Ida, que azotó hace poco los EEUU, en New Orleans barrió con un edificio. No particularmente sólido es cierto, sin embargo, se trataba de un edificio de ladrillos que había resistido a otros huracanes. Ida, como muchos saben, no fue tampoco un huracán cualquiera. Lo clasificaron categoría 4, con vientos de hasta 240 km/h, solo superado por el huracán Katrina. Tocó tierra el 26 de agosto, la misma fecha en que lo hizo Katrina hace 16 años. Sin embargo, Ida quedará para los amantes del jazz como el huracán que se llevó el Karnofsky Tailor Shop and Residence que Louis Armstrong consideraba su segunda casa. 

Las imágenes del edificio son abrumadoras. En Twitter se encuentra un video que les permite ver en qué estado ha quedado.

Si esta columna se propone unir el cambio climático con la música, lamentablemente, en esta ocasión representa una coincidencia evidente.


Foto portada: Clara Salina


Clara Salina es fotógrafa, artista visual, investigadora y gestora cultural. El medio ambiente es su preocupación primaria y ha estudiado, desarrollado, profundizado y difundido su propuesta «Barcode vs. Plastic Waste» desde 2014. Ha participado a eventos como Our Ocean (Valparaíso, 2015) y cop22 (Marrakech, 2016) y ha sido invitada como speaker a la edición de Thinkdif (Ellen MacArthur Foundation, 2016) y al «Foro de los Países de América Latina y el Caribe. Agenda 2030» (cepal 2018). La propuesta «Barcode vs. Plastic Waste» ha sido nombrada en el Roll of Honour de LetsRecycle (Reino Unido) en 2016.

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